The Boys o cómo volar siendo un delfín

Hace apenas unos meses conocí a Pilar, la anfitriona de este blog en el que escribo, y no tardé mucho en darme cuenta de que es una de esas personas que, como dicen muchos de esos eslóganes de libros, enlatados y más bien luctuosos: “no te deja indiferente”. Prueba de ello es que me ha liado para escribir en su blog. A mí, que fui el molde para la carta de El Ermitaño del tarot y me cuesta horrores salir de mi zona de confort. Pero, claro, la Eremita abandonó su cueva y me tocó con su dedo virtual, cual Atenea disfrazada de señora de mediana edad desquiciada, otorgándome poderes absolutos en su Redondal. Tienes una misión, me dijo con una voz de lo más grandilocuente, escribe una reseña sobre una serie que a ambos nos haya gustado, mientras yo paso la tarde viendo series en mi adosado (¡ja! ¡ya quisiera ella!).

Pues bien, la serie escogida por ambos no es otra que The Boys. Primero, porque nos apetece y segundo, porque, avispados lectores, la segunda temporada está al caer y eso hará que los arcanos algoritmos guguelbloguerianos le den un meneo a esta entrada y la catapulten hacia el firmamento de los ceros y los unos.

¿Pero, qué demonios es The Boys? Pues, así, a la chita callando, su primera temporada se convirtió para mí, y para gente mucho más entendida que yo en el noble arte de visionar productos audiovisuales desde el sofá, en una de las mejores series del año pasado. Es una mirada cruda, socarrona, sucia, cínica, violenta y, a menudo, histriónica, al socorrido y manoseado mundo de los superhéroes. O, lo que es lo mismo, un superman meets Abercrombie. Porque, sí, el subgénero de los supers no deja de ser fantasía urbana. Ah, y es una adaptación de un comic que no he leído pero que al parecer es más bestia todavía.

La serie narra las desventuras de Hughie cuando su novia acaba convertida en carne picada, literalmente, por culpa del “error” de uno de los Siete; siete de los más poderosos superhéroes del mundo que trabajan para una empresa que gana millones vendiendo su imagen y servicios. Hughie se caerá entonces del guindo y gracias a la nada sutil ayuda de Billy Butcher, alias Carnicero, comprenderá que los conceptos asociados a estos: justicia, bondad y defensa de los inocentes, no son más que puro marketing. Todo para seguir facturando y esconder los desmanes de unos humanos que, por mucho super que tengan en su prefijo, no dejan de ser más que eso: personas con muchos más defectos que virtudes.

Y es que una de las cosas que más me gustó de la serie es que, seamos sinceros, ¿alguien duda de que si de verdad cierta gente pudiera volar y lanzar rayos por los ojos no se convertirían en algo parecido a una franquicia de cabronazos en mallas?

Todo el elenco es magnífico, pero es de recibo hacer una mención especial para dos actores que se comen la pantalla. Antony Starr (Patriota) está estelar. Sin un físico portentoso ni recursos fáciles, consigue transmitir de forma perfecta la sensación de estar ante un perturbado y tirano superhombre que se cree por encima del bien y del mal. Y qué decir de Karl Urban, uno de mis actores fetiche. Si no está en su mejor papel, poco le falta. Butcher es carismático a rabiar, a pesar de ser un cabrón manipulador que no se detiene ante nada para lograr su objetivo de hundir a los Siete.

Si lo que te he contado hasta ahora no te llama la atención y prefieres a Christopher Reeves marcando rizo en la frente, pues es totalmente entendible. Los grises no siempre gustan, porque la realidad es de un color tan gris que asusta. Pero cuando te la presentan con tanto sentido del humor y mala baba no queda más que aplaudir y marcar en el calendario la fecha del estreno de la segunda temporada.

Y sin más, le devuelvo la conexión a La Eremita y me vuelvo a mi refugio. Creo que hay una cerveza esperándome por alguna parte…

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