Lo que no consiga JascNet, el Southern Kahitan, alias Ská, no lo consigue nadie. En su fantástico blog Acervo de letras nos propone su VadeReto 2020. Tres imágenes. Escribir un relato.

El Redondal tiene tres escritores profesionales. ¿Quién hace el relato? Pues la que no ha escrito uno en su vida. Bueno si, uno. Para regalo a una prima pequeñita hace algunos años. Nada ¿quién dijo pudor? Adelante con los faroles. Abro el word, y tecla a tecla sale una historia. No seáis muy duros por favor. Es la segunda vez en mi vida que lo hago. Y me gustaría animaros a intentarlo. Uníos al VadeReto. ha sido una experiencia interesante. Ahí vamos, y que sea lo que Dios quiera.

Y NANSY FUE UNA ESTADÍSTICA

—¡No llames a mis padres! —suplica la adolescente llorosa, en el pequeño consultorio de la sala de urgencias del Clínico, donde Nansy retira la vía por la que le ha sido suministrada la dosis de tiamina para paliar la intoxicación etílica— ¡Van a echarme de casa, no tengo dónde ir! ¡Te prometo que no lo haré más!

La mira con indiferencia. Tras el caos, el agotamiento y la impotencia provocados por la reciente pandemia, ya no le conmueven los pequeños dramas de la gente que se autolesiona de forma inconsciente en aras de una diversión mal entendida.

—Eres menor de edad. Es el procedimiento. Espera aquí —dijo tan solo, con expresión seca.

Mientras cierra la puerta escucha los improperios de la chica gritando a voz en cuello.

—¡Qué no los llames te digo! ¿Quién te has creído que eres, sudaca de mier…?

Haciendo caso omiso continua a la recepción.

—No hemos podido localizar a los padres —le comunica la celadora— ¿Ha venido con alguien? Si es así deja que se la lleven. Necesitamos el espacio. Total, va a volver, siempre vuelven. Ya nos encargaremos.

Va a la sala de espera arrastrando los pies. Echa un vistazo a la estancia, ocupada por una pareja de ancianos cariacontecidos, ella lánguida en una silla de ruedas y él con aspecto cansado, sosteniendo su mano; un hombre que se sujeta la muñeca con cara de dolor; y un muchacho con el pelo rapado, botas militares y una cazadora bomber estirado indolente en tres sillas de plástico gris.

Desde la irrupción del virus, la sala de Urgencias del Clínico está inusualmente vacía. El triaje divide a los posibles infectados de otras patologías, y sólo permiten acompañantes en caso estrictamente necesario. Lejos quedan los tiempos en que toda la parentela de una familia gitana acompañaba y esperaba a un enfermo hasta que se lo devolvían tras tratarlo.

—Familiar de Vanesa Moreno —dice con voz impersonal y hastiada. Suerte que su turno finaliza de inmediato.

El muchacho rapado se levanta de su improvisada litera y se acerca a Nansy. Le mira de arriba abajo impresionada por su imponente estatura, y por los trazos negros de un tatuaje que no llega a vislumbrar del todo, asomando por los puños de la cazadora.

—Puedes pasar a recogerla. Consulta 4.

No espera. El cansancio está haciendo mella en su cuerpo y a duras penas se sostiene en pie.

Antes de entrar al vestuario, hace un alto en la sala de pediatría. Le gusta sentarse unos minutos, al final de su turno, a contemplar el póster de un niño que mira a la luna con su osito de peluche. Le recuerda a su pequeño Renzo, que ahora tendrá cuatro años. Ella y su marido, Nelson, habían decidido, al año de ser padres por cuarta vez y verse en dificultades para sacar a su familia adelante, que su título de auxiliar de enfermería les sería de utilidad en España. Tal vez les alcanzaría para pagar la costosa operación de rodilla del mayor, la hipoteca, y aliviar su día a día. Casi lo habían logrado.

Imagen de Myriam Zilles en Pixabay.

Un año más y podría regresar a casa, dejar atrás el cuartucho alquilado en Lavapiés, la soledad infinita, la añoranza de su tierra y su familia, la alienación de la vida en la gran ciudad, cuando solo trabajas y duermes, pues el coste del ocio es menos cantidad para enviar a la familia. Había tenido algunos conocidos, pero su constante negativa a compartir una noche de copas, unos cafés o un picnic en algún parque, terminaron por espaciar las invitaciones hasta que dejaron de llegar.

Se pregunta si Renzo la reconocería, si miraría la luna pensando en mamá como ella lo hace mirando la luna de papel, sintiendo una congoja que se manifiesta físicamente como un pinchazo en el alma.

Sale del Clínico al cabo del rato. Andando hasta el Intercambiador de Moncloa por la calle solitaria, le parece oír unos pasos contundentes que se acercan a ella con velocidad. Acelera. Posiblemente son solo transeúntes con el mismo destino, pero una inquietud indefinida se apodera de ella.

Los pasos incrementan el ritmo a la vez que los suyos. El temor sube amargo desde la boca de su estómago a la garganta. Echa a correr, alcanzando los arcos frente al Ministerio del Aire. Los pasos corren tras ella. No quiere mirar atrás. Ya vislumbra el edificio acristalado del Intercambiador. Unos metros más…

Alcanza la puerta sin aliento. Escucha el bombeo rápido de su corazón, como un tambor cuyo sonido in crescendo retumba en sus oídos. Ya ve las escaleras mecánicas que llevan al vestíbulo, donde se concentrarán los más madrugadores que van a su trabajo. Solo un poco más…

Pone el pie en la escalera, el pánico y la adrenalina abandonando casi su cuerpo con un suspiro de alivio.

Imagen de Okan Caliskan en Pixabay.

Una mano en su hombro que la gira bruscamente, la coge por los brazos con fuerza, la zarandea y la empuja escaleras abajo. Mientras cae, piensa que esa cabeza rapada le resulta familiar. Escucha algo como «tú a mi novia no le buscas líos, india de los cojones». Pero no lo procesa. Apenas tiene tiempo de pensar en un niño con un oso mirando la luna por una ventana, antes que todo se vuelva negro.

La gente del vestíbulo corre al pie de la escalera. Un hombre, mientras se agacha a socorrer a la mujer tendida en un charco de sangre que brota de su cabeza,  ve pasar una pareja que mira con regocijo mientras él le dice a ella, que responde con esa risita tonta típica de adolescente enamorada «Una menos. A ver si se van todos a su país».

Allá en Perú, Renzo ha despertado llorando. Siente como frío en la sangre. Su padre entra en el cuarto y le toma en sus brazos. Le consuela y vuelve a dejarle en su camita. Abre un libro y comienza a leerle un cuento que habla de retornos esperados, de vidas de ensueño, de amores eternos.

Foto de Nitin Arya en Pexels.

En Madrid, “20minutos” informa que una mujer ha sufrido un aparatoso accidente en las instalaciones de la Red de Transporte Público. Al año se produce un porcentaje de accidentes similar a…

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