Ruina de la Luz. La continuación de la saga de Rubén H. Ernand.

Buenos días (o tardes o noches), redondaliers. Bueno, va, no me lapidéis. Es una bromita bienintencionada, pero ¿a que muchos os habéis imaginado a la Eremita haciendo un directo por Twitch diciendo eso de redondaliers? 🤣. En cualquier caso, que no quiero enfadar a la patrona, me alegro mucho de pasarme otra vez por aquí y dejaros cuatro letras después de tantos meses de ausencia. El oficio de escritor, a la que pretendes tomártelo un poco en serio, es muy exigente y me ha dejado sin tiempo para continuar con mis colaboraciones periódicas en el Redondal. No obstante, me gustaría venir esporádicamente y soltar mi textos-bombas, como un B-52 díscolo. Todo ello con la venia de la Eremita, faltaría más.

El tema es que fue ella la que me insistió en que pasara a dejar unas palabras para hablaros de mi próxima novela, que está a puntito de publicarse. A mí me daba un poco de apuro, todo sea dicho, por eso de hablar de mi propia obra. Pero también hay que decir que esos remilgos míos cada vez se vuelven más escasos, porque, a fin de cuentas, si no hablo yo de lo que me apasiona, ¿quién lo va a hacer? Así que acepto el reto y prometo ser breve y lo más objetivo posible.

Para los que no lo sepan, estoy inmerso en la escritura de una saga de fantasía épico-oscura que constará de 4 volúmenes. Tras casi un año y medio de espera y unos 15 meses de trabajo, el próximo día 10 de septiembre publicaré Ruina de la Luz, el tercer volumen de mi saga de El Trastorno de Elaranne. Hasta dicho día, está disponible en preventa en su versión digital. 222 mil palabras, 680 páginas y un quintillón de cápsulas de café después, por fin podréis tener la continuación de la historia de Kirius, Terion, Innae, Vaelmir y compañía en vuestras manos.

El conocimiento sin sabiduría es una condena que ahora pago. Se me concedió un atisbo a grandes misterios y eso sólo me condujo al más peligroso tipo de locura: la soberbia.

Rubén H. Ernand – Ruina de la Luz

En este libro las cosas se ponen aún más serias, tanto para los personajes como para el devenir del propio mundo. Las tramas, sin abandonar en ningún momento su carácter íntimo y cercano, se expanden cada vez más hasta volverse globales y más épicas. El ritmo se acelera. Los peligros se multiplican. O, al menos, esa ha sido mi intención. Si La primavera ausente era un libro más reflexivo, intrigante y oscuro, y La Corona Marchita tendía a acelerar un poco las tramas y abundar sobre las relaciones entre los personajes, este Ruina de la Luz continúa con esa progresión en el ritmo y sumerge a los personajes en la luz siniestra y enfermiza del final del verano. Si lo leéis, ya lo entenderéis.

Debido a mi condición de autor independiente, y a que poseo más voluntad que medios, he ido aprendiendo el noble arte de la edición sobre la marcha. Y los resultados por fin se aprecian en este volumen. He procurado mejorar la legibilidad del texto en la versión papel, he incluido letras capitulares, he mejorado los mapas y añadido un código QR para que podáis acceder a ellos en alta calidad, he incluido cenefas y separadores que le darán vida a las cabeceras de los capítulos, un amplio glosario al final del libro, diseñado el símbolo de la saga y otros detalles que espero que os gusten y os hagan disfrutar de una mejor experiencia lectora. Que no se diga que los indies no tenemos calidad. Y, por supuesto, también está la portada que Susana Conde ha creado para este tercer volumen de la saga. ¡Una pasada!

Espero que si no conoces Elaranne y eres un lector habitual, o no, de fantasía, le des una oportunidad. Entre todos debemos lograr que la fantasía escrita en nuestro idioma sea tan leída, esperada y valorada como la de algunos autores extranjeros a los que no tenemos mucho que envidiarle. Y si ya me has leído, te recuerdo que hasta el día 9 está abierta la preventa del libro digital, un poco rebajada sobre el precio final. Y sin más, me despido después de haber compartido con vosotros la alegría (y los nervios) que da tener tan cerca la publicación de otro de mis libros.

NEIMHAIM, LA ESTRELLA POLAR DE LA FANTASÍA ESPAÑOLA

Hace no mucho hice una de esas socorridas listas de las mejores X (inserte aquí la variable que se desea) del año, tan típicas de la última semana de cualquier diciembre. En mi caso, la lista versaba sobre mis tres mejores lecturas de 2020. La novela que ganó el oro no fue otra que El azor y los cuervos, segundo volumen de la saga de fantasía Neimhaim. La disputa se dirimía entre los veinticinco libros que pude leer durante el año pasado. No son muchos, lo sé. Por desgracia no puedo leer tanto como quisiera durante el año ya que tengo la fea costumbre de trabajar demasiadas horas, escribir mis propias novelas, pasar tiempo con mi familia y atender mil obligaciones que hacen que apenas recuerde qué es eso de tener quince minutos desocupados. Pero ya os digo que si hubiese leído cien novelas, probablemente el primer puesto no hubiese variado. El azor y los cuervos me devolvió esa añorada ilusión por leer una saga de fantasía que no sentía desde que leía los primeros volúmenes de CdHyF.

Todo eso, sumado al vudú que La Eremita, transformada en la sádica Erzulie, me practicó como incentivo para que escribiese, me ha llevado a querer compartir con vosotros las claves de esta saga de fantasía nórdica, como es definida en su página web. ¿Por qué nórdica? La cantería de mundos (también conocida como worldbuilding si no amáis el idioma de Cervantes 😋) de esta saga, su ambientación y temática está unida estrechamente a los mitos escandinavos. Y digo bien, escandinavos, porque la autora no sólo se inspira en dicha mitología, sino que la adapta para sus novelas, con los cambios necesarios. Así pues, veremos los nueve mundos y conoceremos a algunos de los Altos (como son conocidos los aesir entre las gentes de Neimhaim): Odín, Thor, Hela o Tyr. No son estos, ni mucho menos, los únicos elementos tomados de las eddas o inspirados por ellas. Y, no obstante, la autora incorpora su propio sello personal, matices y grandes diferencias que consiguen que el mundo de Neimhaim encuentre su propio camino y se sienta diferente a los mitos que todos conocemos.

A mí me ponen un Árbol de la Vida milenario en una novela y ya me compran 😍

Sí, amigos. Neimhaim se ha convertido para mí en la estrella Polaris, en el norte magnético, en el nuevo patrón con el que medirse y en la referencia a la que tomar como inspiración para decidir si una obra de fantasía escrita en España es buena, mala o regular. Es un listón, colocado a mucha altura, para motivarse a la hora de saltar. Quizá perdamos los dientes en el intento, pero sonreiremos igualmente tras levantarnos (previo paso por la clínica dental, claro). Si Aranzazu Serrano ha podido, los demás debemos, al menos, intentarlo al grito de: ¡Por la fantasía!

Quizá os estéis preguntando de qué va Neimhaim. Lo primero que hay que decir es que la saga estará compuesta por cinco volúmenes, de los cuales hay dos ya publicados, y que cada uno pretende ser, más o menos, autoconclusivo. Nos contará la historia de dos pueblos muy diferentes, entre los que no existe otra cosa que no sea desconfianza, pero que por azares del destino deben unirse para sobrevivir. Neimhaim pretende ser la crónica de esa unión, que tiene como potencial dar una suma mucho mayor que el valor de ambas partes, y de los avatares que deberán recorrer los distintos personajes para fomentarla u obstaculizarla. También nos contará la historia de un linaje profetizado, el de los primeros reyes de ambos pueblos, y de sus descendientes. Hasta llegar al quinto de ellos, ya que entonces otra profecía cuenta que el pasado volverá a repetirse y cierto dios de corazón helado reaparecerá…

¿Por qué recomiendo Neimhaim a todo amante de la fantasía que se precie? Evidentemente, por su calidad, en todos los aspectos. La edición en papel está cuidadísima. Las ilustraciones son maravillosas. Y el estilo de Aranzazu es una gozada. Si en el primer volumen ya era bueno, en el segundo se supera. Y lo mismo reza para cualquier otro aspecto. El primer libro me pareció notable, pero con algunas partes más “de relleno”. El ritmo no era perfecto, pero eso no desmerecía al libro. En la segunda parte no hay nada que sobre y eso, en un libro que ronda las 800 páginas, no es nada fácil de conseguir. Porque a la vista de esta progresión, y salvo desastre mayúsculo, auguro que el resto de la saga estará a un nivel magistral, similar a la de cualquiera de los grandes de la fantasía. Porque la historia que cuenta es compleja, interesante y adulta. Aranzazu no se corta en narrar lo feo y lo bello, la sangre y el sexo, lo mezquino y lo desinteresado; todo tiene cabida en estos libros ya que todo tiene cabida en el género humano. También lo recomiendo por sus personajes: hay muchos, pero todos son complejos y poseen matices. Y hay varios que te van a encandilar, seguro, porque son espectaculares y se alejan del arquetipo del héroe de literatura fantástica.

¿Y qué decir de sus temas? Son universales, así que encontraremos el amor, la incomprensión, las relaciones entre padres e hijos, la lucha entre la modernidad y la tradición, la venganza… Pero el hilo conductor y tema principal de la saga es, sin duda, que no somos tan diferentes como creemos y que debemos aceptar al otro. Y eso, para un pueblo que se asemeja tanto al vikingo, al que todos tenemos por violento y rudo, puede ser un mensaje muy potente.

Kirk Douglas no sólo fue Espartaco, sino también Einar en los años 50. Nada más y nada menos que el hijo bastardo de Ragnar Lodbrok. Me quedo muerta 😱😂

No es una razón para leerlo, per se, pero creo que hay que ponerlo de relieve: Neimhaim es una obra escrita en España. Yo defiendo que todo el mundo lea lo que le apetezca y detesto el corporativismo, pero que una obra de tanta calidad se escriba en este país, es digno de mención, de elogio y de apoyo. Porque eso nos da una pizca de esperanza a los que escribimos fantasía y creemos que aquí podemos hacerlo tan bien como allá. Neimhaim tiene ese aire que tienen las grandes obras de fantasía, ese que te impide precisar dónde se ha escrito o quién estaba tecleando (sin perjuicio para tener un estilo propio y reconocible). No es falta de personalidad, sino una prueba de la universalidad de la propia obra.

En estos momentos, la autora se encuentra inmersa en la escritura del tercer volumen, por lo que hablar de fechas para la finalización de la saga no tiene sentido. Siempre digo que en sagas tan largas, y en general en cualquier aspecto de la vida, hay que procurar disfrutar del camino y no de la meta. Algo curioso, que me hizo identificarme en su momento con la autora y la saga, es que Neimhaim tardó 22 años en gestarse hasta la publicación del primer libro. En mi caso, sólo fueron 19, pero me sentí un poco menos solo al ver que no era el único que tardaba lustros en escribir y publicar el primer libro de una saga xD. Y sí, ya sé que Sanderson se avergüenza de mí, pero es lo que hay. I regret nothing 😎.

Y, sin más, me despido, Espero que esta pequeña incursión por las frías tierras de Neimhaim os haya resultado interesante y que no os haga acordaros de cierta borrasca de nombre curioso. Como persona nacida en una tierra de clima subtropical, soy de los que piensan que la nieve, mejor en las montañas y en la helada Karajard 😁.

Por un puñado de beskar: The mandalorian

El Redondal me llama y yo respondo, como Rohan ante Gondor, un alumno ante su profesor o un político cuando recibe la llamada de sus amigos del Ibex-35. Y es que toca pergeñar un nuevo artículo, para solaz de la Eremita que habita en lo profundo del desierto de Tattooine, como jefaza de los jawas, y en esta ocasión vuelvo a revisitar mis raíces audiovisuales. Hoy vengo a hablaros de una serie que estoy viendo ahora mismo, junto a unos cuantos millones de espectadores más, y que no es otra que The Mandalorian. Sí, he dicho The Mandalorian porque de un tiempo a esta parte las plataformas de streaming ya ni se molestan en traducir los nombres de las series porque pa qué…

Hablar de The Mandalorian es hablar de Star Wars. La primera película de la saga fue estrenada un poco después de mi concepción (aproximadamente, los detalles exactos no los sé ni quiero saberlos xD), pero no sería hasta casi los 90 cuando pude verla. De hecho, visioné antes a la competencia, Star Trek, que no a las películas de George Lucas. Eso sí, cuando por fin pude verlas siendo un pipiolo de 13-14 años, me volaron la cabeza. Y es que en Star Wars encontré dos de mis, hasta hoy, grandes pasiones: la astronomía y la fantasía. ¿Que qué tiene que ver la astronomía con Star Wars, te preguntas? Pues no mucho, el realismo científico no es el fuerte de esta saga, pero sale un planeta llamado Alderaan que tiene un curioso parecido con el nombre de la estrella Aldebarán. And that´s all, folks xD Ah, no, que te preguntas por qué he dicho que Star Wars es fantasía. Bueno, es más que evidente, pero para eso no hay nada mejor que remitirme a las palabras de un personaje de The Mandalorian: “Los jedi son una antigua orden de hechiceros”. Y mejor no hablo del viaje del héroe…

Pero centrémonos en The Mandalorian. Con su segunda temporada a punto de acabar, se ha convertido, de facto, en el mejor producto de Star Wars de la era Disney y, me atrevo a decir que el mejor desde El retorno del jedi. Y es que las precuelas, los episodios 1 a 3, fueron una pequeña decepción en su momento. Y de la nueva trilogía sólo he sido capaz de ver el episodio 7. En pocas palabras, no era para mí y no lo sentí como parte de Star Wars. Pero, ¿cómo ha conseguido una serie tal hazaña? ¿Con efectos especiales? ¿Con un guion enrevesado? ¿Con personajes complejos? En absoluto, el arma supersecreta usada por su director y guionistas es…

Tan feliz como un perrete sacando la cabeza por la ventanilla.

Sí, Baby Yoda, El Niño, o Redacted, es en buena medida el culpable de ese éxito. Un personaje entrañable, genial y que nos hace esbozar una sonrisa a quienes recordamos a Yoda por las similitudes, y especialmente por las diferencias, con aquel. Hasta yo, que soy más flemático que un inglés puesto a tranquimazines, tengo ganas de comprarme uno de los peluches de B.Y. y estrujarlo un poco. Pero él no es el único acierto, desde luego. Acción y efectos especiales con una calidad similar a la de cualquier blockbuster, un sentido del humor agudo pero dosificado, aire de western y de libro de aventuras añejo, capítulos enlazados por una trama interesante pero no omnipresente y conexiones evidentes con el lore de Star Wars, incluidas sus series de animación que cada vez me resultan más tentadoras. Dave Filoni, el director de The Mandalorian y de dichas series de animación, ha dado con la tecla que consigue volver a emocionar a los viejos fans de la saga y congregar a las nuevas generaciones en torno a la pantalla. Y, creedme, amigos, no es nada fácil conseguir tal cosa. Lo sé de buena tinta porque mi mujer, que siempre ha detestado todo lo relacionado con la saga, tenía más ganas de que empezara la segunda temporada que yo 😅.

Y por cierto, ¿cuál es el argumento de la serie? Sin entrar en detalle y en mis propias palabras, cuenta la historia de un Clint Eastwood espacial que trabaja como mercenario y carece de demasiados escrúpulos. Antiguo huérfano acogido por los legendarios mandalorianos como uno de ellos, se verá ante un desacostumbrado conflicto moral cuando un cliente exmiembro del antiguo imperio le pague una suma asombrosa por secuestrar y entregarle nada más y nada menos que a un niño pequeño.

Lo cierto es que a la serie no le sobra nada. Ni el omnipresente casco de Din Djarin (aunque es llamado Mando de forma coloquial), interpretado por Pedro Pascal, ni esos planos largos en los que vemos a la pareja protagonista viajando, ya sea por el espacio a bordo de la Razorcrest, o en speeders o motos gravitacionales por el desierto. Como he dicho, The Mandalorian tiene mucho de novela ajada del far west o incluso de las novelas de aventuras de los 50 ambientadas en continentes extraños y salvajes. Hay referencias constantes a esos géneros que he comentado y a las viejas películas de samuráis de Kurosawa; es decir, a todo lo que inspiró en su momento a George Lucas para crear Star Wars.

Aunque lo parezca, no es un selfie de la muerte. Pero también os digo que el tusken en primer plano acaba en la morgue.

Desde luego tampoco echa en falta el exceso de dramatismo y de épica, a menudo impostados e inefectivos, de las últimas películas. Aquí no encontraremos dobleces: es el viaje de un hombre lacónico envuelto en metal y un niño, que por muy verde que sea actúa como tal, creando un evidente contraste con el mandaloriano. Y ya está. La fórmula funciona, ¡vaya si funciona! Y nos mantiene deseando que llegue el viernes para ver otro y comprobar qué nuevas conexiones, o referencias a la saga, salen a la luz. O simplemente para ver al mandaloriano aterrizar en un nuevo planeta y visitar un pueblo que parece sacado de la Oklahoma de 1890 mientras B.Y. persigue a unos cuantos sapos alienígenas para zampárselos. Bon appétit, pequeño.

Hablemos de fantasía y almas con Elías Saavedra

Tiempo ha, llegué a plantearme estudiar la carrera de periodismo. Por fortuna, el sentido común imperó y ahora no pertenezco a uno de los gremios más mal pagados, explotados y desprestigiados en este país lleno de malos pagadores, explotadores y prestigitadores ­­—de los que en vez de palomas guardan billetes de 500 en el sombrero de copa—. Claro que, a cambio, estudié Filología inglesa, así que no estoy como para sacar pecho precisamente… Todo esto viene a cuenta de que yo también quería sumarme a la flamante sección de El Redondal “Hablemos de…” con una entrevista a un joven y hambriento, esto último va con segundas, autor de fantasía de nuestro país: Elías Saavedra.

Imagen de Elías Saavedra junto al mar.
Elíam de Saavaz, afamado historiador maurano.

Conocí a Elías allá por el año 2016. Acababa de comprarme mi primer lector de ebook, estaba trabajando en el enésimo borrador de La primavera ausente y hacía poco que había decidido que me autopublicaría en la plataforma de Amazon KDP. Y necesitaba referentes, saber qué se cocía en la fantasía autopublicada de este país, si mi novela era lo suficientemente buena y, en general, necesitaba saber si valía la pena meterme en este mundillo de locos. La primera impresión no pudo ser peor: novelas muy verdes, errores a mansalva, escritores bisoños y clichés (cuando no copias descaradas) sonrojantes; muchas de ellas entre las 10 o 20 más vendidas. Pero un buen día me encontré un mensaje en un foro de una persona que llamaremos Mr. X, por darle más misterio al asunto, en el que recomendaba leer una novela, El legado de los safir, de forma entusiasta y enlazaba su comentario a la misma en Amazon, que os dejo aquí abajo:

Reseña de El legado de los safir en Amazon.
Mr. X también fue uno de los que me hicieron comprender la importancia de reseñar lo que leemos. ¡Reseñad, por Tutatis!

Cuando lees una reseña así, cuando mencionan que los personajes tienen alma, algo que yo considero esencial en cualquier obra de ficción, no queda más que rendirse e intentar averiguar si todo eso que has leído es cierto. Y vaya si lo era. Pero esa es otra historia que os contará mejor La Eremita, metamorfoseada en maga patosa de flequillo imposible, pero con el mismo buen corazón, en su reseña de El legado de los safir.

Dicho todo esto, hace poco decidí quedar en una taberna (virtual, que no está el tema para tonterías) con Elías para que todos aquellos que lo conozcáis o queráis hacerlo, podáis leer un poco más sobre él. Así que, tras un poco de charla ociosa, comentar anécdotas sobre qué personajes van a morir en nuestros próximos libros, darnos consejos sobre tratamientos capilares y la recomendación firme de Elías de que bebiendo más alcohol es como se cura el hígado, llegamos a la parte jugosa. Elías coge el micro (creo que pensaba que venía a un karaoke, pero no se viene abajo al constatar que de cantar nada) y toma la palabra.



Lo primero, gracias Rubén y a toda la familia de El Redondal por haberme invitado. Se está de maravilla en este porche, transmite armonía, y además es una delicia la cerveza y los pimientos asados están exquisitos. Por cierto, se han acabado y…

Luego traigo más, no te preocupes. Ahora, al turrón.

También terminé el jamón…

Dije turrón, no jamón, pero ya que estamos… Háblanos un poco de tus inicios como autor y lector. ¿Qué libros te marcaron en tu infancia? ¿Qué te impulsó a querer escribir?

Siento si no soy muy original, pero guardo un maravilloso recuerdo de La historia interminable de Michael Ende, que me enseñó que en la Fantasía los límites los marca nuestra imaginación; y El Hobbit de Tolkien con el que descubrí la Fantasía Épica. Con respecto a mis primeros escritos, no escribí nada medianamente serio hasta mis primeros años en la universidad y muy poco y de baja calidad. La mayoría ni me he atrevido a releerlo, aprecio demasiado mis ojos. Bueno, hay algo salvable por el cariño que le tengo: un cuaderno en el que escribía las crónicas de un quijotesco personaje, una comedia loca. Es un proyecto que he retomado y tarde o temprano espero que salga a la luz.

Y al hilo de la pregunta anterior, ¿qué te impulsó a crear la historia de Las Runas del Alma y qué personas o historias te influyeron para hacerlo?

Empezaré por las historias que me influyeron.  El Señor de los Anillos sin duda, pero soy muy fan de una saga de videojuegos: Final Fantasy. El VII, el VIII y el X me han marcado. Sus mundos maravillosos, la magia de los elementos y sus personajes. Luego están mis pasiones, todo lo relacionado con lo medieval me resulta inspirador. Y sobre lo que me impulsó a escribir Las Runas del Alma, debo decir que prácticamente dejé de escribir desde el 2002 al 2009, más o menos, pero durante todo ese tiempo no dejé de fantasear con aventuras de guerreros, espadas, magia… Llevaba una historia dentro, pero ni me planteaba ponerme a escribirla hasta que un día, ordenando un cajón, rescaté una hoja en la que apenas tenía escrita una carilla y media donde se presentaba a un guerrero llamado Zílum. No recuerdo cuándo la había escrito, pero me dio por reescribir el inicio de esa historia. El resultado se lo di a leer a mi primo, Fran, y éste me animó a seguir. Fue el momento clave. A partir de ahí recordé lo que disfrutaba escribiendo y descubrí mi vocación.

Quienes lean los dos volúmenes de tu saga notarán una evidente mejoría como autor de uno al otro. ¿Cómo te has preparado durante los años pasados entre el primer volumen y el segundo? ¿Te has documentado visitando tabernas, alternando con las camareras y comprobando el sabor de la cerveza o es solo una impresión mía?

Como bien intuyes, he visitado tabernas para documentarme, pero el problema fue que de tanto probar el sabor de la cerveza al día siguiente no recordaba mis notas mentales… (Elías hace un gesto con la mano, como si tratase de aclarar que bromeaba, pero instintivamente acto seguido coge su jarra de cerveza y pega un buen trago). Lo primero, agradezco mucho tu apreciación sobre mi mejoría, por el respeto que te tengo como el gran autor que eres. Sobre tu pregunta, pues con el primer libro de la saga encontré mi estilo. Entre escribirlo y repasarlo incontables veces le dediqué más de seis años. A partir de su publicación he ido puliendo mi estilo de muchas maneras, ¡y lo que me queda! Por un lado, he escuchado toda crítica constructiva que me ha ido llegando, analizándola y tratando de absorber lo mejor de cada una. Por otro, descubrí el foro literario Abretelibro.com. En él se celebra un concurso de relatos de diferentes temáticas en cada estación del año, y me animé a participar. Pues gracias a eso conocí a muchos amantes de la literatura, leí sus relatos, leyeron los míos, me los elogiaron, me dieron zascas… y de todo fui aprendiendo. Sea cual sea vuestro nivel, si os gusta escribir, os animo a que os paséis por Ábrete Libro. Luego, una vez que eres escritor, al leer lo haces de forma diferente a cómo lo hacías. Por lo menos eso me ocurre a mí. Al leer analizo cada frase, el estilo del autor, los recursos que emplea, sus descripciones y mucho más. De ahí trato de extraer todo lo que me pueda aportar, adaptándolo a mi estilo. Y finalmente, soy muy afortunado de contar con el apoyo de unos correctores que me dan muy buenos consejos. Disculpa por alargarme, Rubén. ¿Puedo servirme más cerveza? Tengo la boca seca.

Sí, pero antes un poco de salseo. Si tuvieras que elegir a un personaje como tu favorito, ¿cuál sería y por qué Servin?

Pues no vas mal encaminado (Elías ríe. Mira al plato de los pimientos asados, pero sigue vacío). Lo justo son dos respuestas, una por novela. En El legado de los safir me quedo con Sparta. Me ganó totalmente, por su pasado, su lealtad y por su lucha pese a estar mermado por su cojera. Y en Sangre de reyes… has dado en el clavo: Servin Kalmar. Su estilo de vida es un reflejo del vacío que siente, pero los pequeños Sanara y Ralus irrumpen para obligarle a remover todos sus sentimientos. He disfrutado mucho con ese trío.

Los que te conocemos un poco sabemos de tu buen gusto musical. ¿Qué grupos escuchas a la hora de ponerte a escribir? ¿Podrías darnos el nombre de algunas de las canciones que te han inspirado para escribir Sangre de Reyes? 

Depende (recordad que Elías es gallego). La verdad es que hay mucha variedad, según el momento, pero voy a mojarme. Wardruna, un grupo nórdico que trata de recrear la música de sus antepasados vikingos empleando instrumentos de aquella época. Puede que os suene si os digo que forma parte de la BSO de la serie Vikingos. A partir de ahí descubrí otras bandas del mismo estilo y fui elaborando mi propio recopilatorio. Y luego me quedo con la BSO de la película Interstellar. Y bueno, en las escenas de combates un poco de Power Metal en castellano siempre viene bien. Desde Tierra Santa a Dünedain.

Aún estoy leyendo Sangre de Reyes, pero ¿qué puedes contarme del futuro de la saga? ¿Habrá tercera parte? ¿Tienes otros proyectos en mente?

Proyectos tengo demasiados, ¡lo que me falta es tiempo! Para que se entienda, pongamos que El legado de los safir es como El Hobbit; pues ahora vendría la trilogía de El Señor de los Anillos con Sangre de reyes y otros dos volúmenes. Es decir, quedarían dos libros. Tengo en mente también escribir un spin-off con Madoka Ukur-Nar como protagonista, narrando lo que le ocurre durante los once años que transcurren entre la primera y la segunda novela. Es un personaje muy querido por los lectores y también para mí. Fuera de Maurania, acabo de escribir un cuento infantil, que ha gustado bastante entre los que lo han leído y en principio se va a ilustrar. Veremos que sale de ahí. Y lo que queda de año lo dedicaré a escribir el guion de un corto que producirá mi hermana, que es actriz; y a retomar la novela quijotesca que te comentaba, cuyo personaje es un treintañero obsesionado con impartir justicia y que, pese a medir poco más de metro y medio, no le teme a nada. Se hace llamar Cobra. A partir de enero de 2021 regresaré a Maurania. Creo que viene bien dar un espacio entre novela y novela de Las Runas del Alma para volver a sentir la morriña de reencontrarme con los personajes.

Esta tenía que hacértela sí o sí, ¿conoces, allá por las bellas tierras gallegas, alguna taberna que se parezca un poco a La Gloriosa y esté regentada por varias hermanas? Es para un amigo…

(Elías ríe, alza su jarra y brinda con Rubén). La verdad es que disfruto mucho cuando mis personajes pasan por tabernas, posadas y demás, porque realmente vivo lo que están viendo, escuchando y sintiendo. Sé que a ti te ocurre algo similar, Rubén, solo hay que pasarse por El Trastorno de Elaranne. En el mundo real me tengo que conformar con la buena compañía, que es lo importante, ya que no conozco ningún local tan bien ambientado en la época medieval.

Por último, ¿algo que quieras decirles a los lectores de El Redondal antes de que sigamos poniéndonos morados?

Gracias por leer esta entrevista. Ojalá que les haya resultado interesante y animarlos a que recorran nuestros mundos de fantasía, donde encontrarán refugio de cualquier preocupación. En la saga de Las Runas del Alma descubrirán una aventura épica, pero también muy emotiva.

Quiero añadir que en mi visita a El Redondal me he sentido como en casa. Es magia pura. ¡Un abrazo a todos, guerreros y guerreras!

No, gracias a ti, Elías, y a tu gran sentido del humor. Y déjame decirte que alguien que escribe escuchando la BSO de Interstellar tiene todos mis respetos.

P.D. Rubén, te acompaño a por los pimientos y el jamón.

Y con los pimientos, el jamón y ¡la tortilla! acabamos. No sé si hemos hecho una entrevista o un episodio de Robin Food, pero estoy seguro de que habréis salivado un poco con lo que habéis leído. Y es que el buen comer y el buen leer son primos hermanos, así que comed y leed como si no hubiera un mañana.

De titiriteros y marionetas anarquistas

Time flies, que decía aquel, y de nuevo me toca pergeñar un artículo para mi casa virtual, el Redondal. En esta ocasión me tomaré la libertad de desdeñar lo audiovisual y centrarme en algo más concreto, y que tiene que ver con la segunda profesión que ostento y que es el nexo común entre todos los que formamos parte de esta web y los que venís aquí buscando lecturas o información: la escritura. Por supuesto, La Eremita, caracterizada en esta ocasión como la diosa Amentet, me dio su bendición para escribir este artículo del cual, por cierto, no tiene ni la menor idea de su contenido xD. Pero dejémosla sonreír desde su árbol al final del desierto a aquellos que se van a internar en la Casa de las Puertas, tras un fuerte y merecido abrazo, y entremos en materia.

Seré sincero. No tenía muy claro sobre qué tema escribir en esta ocasión, pero como suele suceder, Twitter vino en mi auxilio. Hace unos días hubo una polémica en dicha red sobre los personajes literarios de los escritores brújula y su tendencia a tomar el control de sus propias vidas, por así decirlo, y cambiar su destino y parte de la trama que el autor tenía planeada. Una polemista autora y reseñadora lanzó un tuit en forma de anzuelo en el que muchos picaron. Venía a decir que los autores que dicen que sus personajes están vivos sólo quieren casito, que eso es una chorrada y que el destino de los personajes lo decidimos sus autores. Como podréis suponer, los autores se armaron de picas y espadas y corrieron al asalto en contra de dicha tuitera. Lo cual acabó en decenas de bloqueos por parte de la susodicha, muy dada a silenciar a quien no se inclina ante su sapiencia, de la cual prefiero no dar el nombre para no darle publicidad y no fomentar la polémica. ¡No nos gustan las polémicas en el Redondal! 🙄

Yo nunca le llevaría la contraria a alguien que necesita a Frank de la Jungla para peinarse.

Ahora bien, ¿qué hay de cierto y qué de artificial en esa polémica? ¿Pueden los autores crear vida? Y no me refiero a dejar unos risketos durante meses bajo el teclado, sino a vida inteligente y autónoma en sus personajes. Y por último, ¿saben en Twitter lo que es una metáfora? Yo, como uno de esos autores que a menudo consulta más la brújula que su mapa hecho con tres trazos de brocha gorda, me veo capacitado para intentar responder esas preguntas.

Lo primero es acotar un poco lo que significa ser un escritor brújula. Hay definiciones para todos los gustos, pero podríamos decir que es aquel que toma una idea o premisa inicial de su historia y la desarrolla con un nulo o mínimo trabajo de planificación. Es decir, que confía en la inspiración y no tanto en la planificación para escribir su novela. En cualquiera de los dos casos, él es quien escribe la historia y quien decide hacia dónde va, solo que en el primer caso se deja llevar por la corriente y en el segundo construye presas y diques para dirigirla de una forma más consciente. Por supuesto, siempre hay excepciones o peros. Existe la psicoescritura, una suerte de escritura terapéutica que se basa en dejar fluir la pluma de forma incontrolada para que a través de los escritos afloren nuestros traumas, o la escritura automática, que ya entra un poco en el tema de lo esotérico. Por experiencia propia puedo decir que funciona, pero en mi caso lo achaco más a una forma de aflorar el subconsciente que no a que el arcángel Miguel hable a la humanidad a través de mí. Otra opción es la de consumir LSD y ponernos a escribir; probablemente no hay nada más brújula que eso 😅 .

A muchos autores nos encanta ver a nuestros personajes como entes vivos y autónomos, pero lo cierto es que sin nosotros no existirían. Son un ente simbiótico que se une a nosotros mientras dure la escritura de nuestra novela, y a menudo hasta mucho tiempo después. Nos necesitan para existir, al menos hasta que lleguen a los incautos lectores y comiencen a colonizar sus mentes. Son la expresión de nuestro subconsciente, de nuestros anhelos, traumas y de nuestro estado anímico. Y, por supuesto, en un plano más evidente, son lo que necesita la historia para llegar a buen puerto. El músculo que la mueve. Pero es un músculo que flexionamos y alimentamos nosotros, los autores.

Los escritores somos pequeños dioses que regimos sus destinos. Apuntamos un dedo, y un rayo los fulmina. Lanzamos unas flechas, y dos de ellos caen rendidos ante el amor. Cabalgamos con nuestro corcel negro junto a ellos, y les contagiamos la enfermedad y la desesperación. Si es menester, exigimos su sacrificio en lo alto de nuestro zigurat sin despeinarnos. Todo ello es tan cierto como que nuestros designios son ley en nuestros mundos. Pero… ellos también influyen en nosotros. A veces el personaje se desarrolla de tal forma que vemos una nueva posibilidad donde antes solo había certeza. Quizá ese personaje que estaba destinado a morir en el capítulo doce merezca ser salvado y ganar un protagonismo que antes no tenía. Quizá otro nos empiece a estorbar y su cabeza deba rodar al final del libro. Es la bendición y a la vez la maldición de ser brújula: es indispensable ser flexible, como un junco.

La vida es sueño… o un Reality chusco y nuestros personajes lo saben.

Decir que tus personajes deciden por sí mismos es una evidente exageración, pero no es más que una metáfora bienintencionada y comprensible si eres un escritor. Nuestra cabeza es un imperio, un mundo por derecho propio, y lo que sucede ahí dentro tiene sus propias reglas ajenas a lo externo. Los personajes son parte de esa cacofonía interna y si no están sujetos por las cadenas de la planificación, a menudo lucharán para librarse del destino a la que su dios particular quiere someterlos. Si no sujetamos con fuerza los hilos, pueden convertirse en un Pinocho punki y anarquista. En un hijo díscolo y rebelde. En revolucionarios, supervivientes y seres volubles, tal y como podemos serlo nosotros mismos. Y, recordemos: la literatura es la mentira más cierta que leeremos nunca.

Así que no, nuestros personajes no están vivos, pero sin duda son los zombis con mejor aspecto que he visto nunca.

After Life y lo agridulce

Como ya sabréis los habituales a este blog, la redonda del Redondal se ha convertido en un pentagrama ya que cuatro voces más se han unido a este proyecto que ha dejado de ser hermético y estanco para pasar a ser mágico y diverso. Pues bien, a la hora de decidir quién debía empezar a crear nuevo contenido y artículos, (sin contar con los artículos reciclados de semanas anteriores) nos lo jugamos a la pajita más corta. ¿Adivináis a quién le tocó? Aún tengo sospechas de que la Eremita en su variante de Loki, se metamorfoseó en una ramita minúscula para que fuese yo el que pringase. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Pero, en fin, lo pasado, pasado está. ¿O quizá no? Ya veréis que el pasado va a tener una gran importancia en el tema del que voy a hablaros a continuación.

No tendrá los hue… de hacer un juego de palabras con figuras geométricas que no va a entender nadie, ¿verdad?… Pues sí, lo ha hecho.

Como la originalidad no es mi fuerte, para este segundo artículo de la nueva era del Redondal voy a hablar de otra serie. Si la última vez hablé de The Boys (por cierto, ¿habéis visto ya el inicio de la segunda temporada? Y si no, ¿a qué esperáis?), la serie que nos ocupa hoy no podría ser más diferente. No es otra que After Life, que podríamos traducir como “La vida restante”. Una producción que ha estrenado hace escasos meses su segunda temporada en Netflix, que juro que me paga aún menos que la Eremita por mencionarla.

La serie tiene como mayor reclamo a la figura de Ricky Gervais, cómico británico superconocido allende de nuestras fronteras, que suele acaparar minutos en los telediarios, programas de zapping y Trending Topics cada vez que presenta los Globos de Oro por alguno de sus exabruptos. Yo lo conocí hará cosa de 11 años, escuchando un monólogo suyo en, atentos a la alocada superposición de medios audiovisuales, el videojuego Grand Theft Auto 4. Sí, aparte de robar coches, apalear prostitutas y ser, en general, un mafioso, podías ir a escuchar algún monólogo y echarte unas risas entre tiroteo y tiroteo. El caso es que cuando lo escuché, supe que Gervais era uno de los grandes y desde entonces lo sigo de forma esporádica. Básicamente, decidí ver la serie en cuanto supe que él era el protagonista.

¿A que parezco buena persona? ¿A que sí? Pues los actores de Hollywood me ven y se echan a temblar. ¿Te lo puedes creer? ¡Lol!

Mi sorpresa fue mayúscula al leer la sinopsis de After Life:

Tony (Ricky Gervais) llevaba una vida perfecta. Pero tras el repentino fallecimiento de su esposa, en vez de suicidarse decide llevar al límite lo que se puede o no hacer y empieza a hacer y decir todo lo que le da la gana. Algo que será complicado cuando todo el mundo decide intentar salvar a la buena persona que conocían. 

Había margen para la comedia, desde luego, pero aquello parecía más un drama que otra cosa. Por lo que yo sabía de Gervais, ni el drama ni la profundidad emocional eran lo suyo y era un actor bastante justito. Como suele pasar con los prejuicios, no podía estar más equivocado. Esta serie es un drama, cierto, pero también una comedia, una crítica social y, en general, un canto a la vida sin desdeñar el lanzarle una mirada a los ojos a la muerte. En un mismo episodio puedes soltar unas buenas carcajadas mientras aún te estás limpiando las lágrimas que te ha provocado la escena anterior. Es agridulce y a menudo absurda, como la vida misma.

No quiero destripar mucho del argumento, pero nos cuenta la historia de Tony un periodista cincuentón que pierde a su mujer y se pasa las mañanas mirando los vídeos que ella le dejó, muchos de ellos llenos de recuerdos felices y de consejos para que él siga cuando ella ya no esté. Tony es un hombre que no quiere vivir sin el que fue su gran amor a su lado y que se convierte en un cínico por el mero hecho de tocarle las narices a los que le rodean antes de saltar por la ventana. Pero unos cuantos personajes se empeñan en mantenerlo a flote, incluido su perro, Brandy. Mientras tanto, veremos una estrafalaria procesión de personas que aparecen a su alrededor. Son los inadaptados o “loosers” que el sistema se empeña en expulsar hacia el exterior con su descomunal e indiferente fuerza centrífuga, pero también son los que muchas veces comprenden mejor que nadie lo que significa ser humano y acaban por dar con la elusiva tecla que, al ser pulsada, provoca la alegría de estar vivos. Una tecla que a menudo no vemos por no ser, precisamente, grande, lustrosa ni estar iluminada por LEDs.

Así que no esperes ostias, superpoderes ni humor descerebrado (aunque sí faltón, ofensivo y con carretadas de palabrotas, marca de la casa de Gervais). Tampoco esperes un drama sesudo para señores gafapastas. Aquí solo verás sonrisas y lágrimas, pero, por suerte, sin nazis ni canciones que supuren almíbar.

Fantasía: moderna vs. tradicional

Qué mejor para estrenar mi nuevo y flamante puesto de becario colaborador en el no menos nuevo y mejorado Redondal que coger uno de mis viejos artículos, hacerle un lifting y presentarlo aquí como nuevo. En Hollywood lo hacen constantemente y ellos se limpian el melocotón con billetes. Pero, en fin, lejos de mi ánimo engañar a nadie ni irritar partes de mi anatomía con dudosas prácticas higiénicas. Esta primera ronda de entradas del nuevo staff de becarios colaboradores de El Redondal ha recibido la bendición de La Eremita, en esta ocasión caracterizada como Hades, para que reciclemos viejas glorias antes de empezar a ponernos en materia. Y yo, ni corto ni perezoso, le he hecho caso.

4 contenedores de reclicaje en un parque de Moscú.
Hay que reciclar, incluso en cirílico. ¡Por el planeta!

En esta entrada hablaba de un tema que me interesa especialmente y que me ha quitado el sueño en alguna ocasión durante los largos meses de revisión y reescritura del manuscrito de mi primera obra. Ese tema no es otro que la eterna discusión entre lo nuevo y lo viejo, la originalidad contra lo ya establecido y, tal y como reza el título de esta entrada, la fantasía moderna opuesta a la tradicional. Y es que es un tema que preocupa tanto a autores como a lectores. Porque lo habitual nos da seguridad, pero cansa, y lo nuevo ilusiona, aunque como dijo el gran Oscar Wilde, lo demasiado novedoso suele ser contraproducente.

En mi caso mi preocupación venía derivada de una sencilla premisa: mi obra, debido a los largos años que pasé escribiéndola, venía lastrada por unas influencias y una concepción de la literatura fantástica del siglo pasado. Eso hizo que perdiera muchísimo tiempo reescribiéndola para que estuviese más acorde no sólo a los tiempos actuales sino a cómo había cambiado yo mismo con el transcurso de los años.

Viejas fantasías

Lo viejo. ¡Puaj! Eso no mola nada, ¿verdad? Bien, pues quizá debería porque todo, y todos, nos encaminamos en esa dirección. Canas, patas de gallo, decir esto no mola en pleno 2020… Pero hablamos de literatura fantástica, no de las diez o doce canas cuarenta o cincuenta canas que, por supuesto, no me están saliendo en la barba. Eso sí que es una fantasía. En cualquier caso, ¿qué nos aportan las obras del siglo pasado? ¿Por qué molestarse en leerlas o, si eres un autor, en inspirarse en ellas o tomarlas como modelo?

Podría acabar la discusión aquí mismo usando el comodín de Tolkien (reductio ad Tolkienan. Si no existe, alguien debería inventarlo). Es decir, pocos lectores y ningún autor, por muy imberbe que sea, desconocen la obra de Tolkien. Es universalmente reconocida y valorada, como clásico que es. Eso no significa que no esté superada en muchos aspectos, no en vano es literatura de su tiempo, pero es, y siempre será, una referencia para los que amamos la literatura fantástica porque su sentido de la maravilla y su complejidad como obra son únicos y, por lo tanto, irrepetibles.

Pero no solo de Tolkien vive el lector. Tenemos verdaderas joyas, que a mí me han marcado aún más, como las Crónicas de la Dragonlance, La Rueda del tiempo, Añoranzas y pesares, Las Crónicas de Belgarath, El señor del tiempo, El ciclo de la Puerta de la Muerte… Sería imposible catalogarlas todas con una etiqueta genérica. Las hay muy bien escritas, con temas profundos y maduros y personajes inolvidables. Otras se circunscriben a obras seguidistas de la literatura de Tolkien, pero generalmente con algún punto de vista novedoso que aportar. Si algo bueno tiene la fantasía publicada en los 80 y 90 es que, y a pesar de que he leído cosas que no creeríais, mantenía unos filtros editoriales que en general le aseguraban un mínimo de calidad. Además, me parecían obras sinceras, quizá más torpes que las obras actuales, pero más sinceras.

Aunque, como he dicho, en ocasiones se hacían repetitivas, pues demasiadas de ellas reproducían el viaje del héroe al milímetro y la estética de El Señor de los Anillos al fotograma. Aún así, la mayoría eran obras valiosas por sí mismas. Vale la pena leerlas si no lo has hecho.

Una nueva esperanza

Y llegamos a lo nuevo, a lo moderno. Es difícil poner la frontera entre lo viejo y lo nuevo. ¿Es Harry Potter fantasía antigua, moderna, precursora o va a su aire? ¿Y Malaz? Los abanderados de esta nueva fantasía son Sanderson, Cook, Abercrombie, Ericksson y, por supuesto, George R.R. Martin. Pero imagino que todo eso lo sabes, si eres un lector habitual de fantasía y has leído algún libro en los últimos diez años.

En cierto modo, la literatura fantástica actual es una reacción a la antigua. Es matar al padre, Tolkien, y huir del espíritu de la literatura de los ochenta y noventa, del viaje del héroe. Sanderson se jactaba tras escribir Elantris, su ópera prima, de no seguir el esquema del mito del héroe desarrollado por Joseph Campbell. Una gran parte de los autores intenta evitar como la peste los clichés tolkienianos, que eran la corriente mayoritaria durante las décadas anteriores. En pocos libros actuales verás elfos, orcos y magos de barba puntiaguda, sabiduría insondable y túnicas de diferentes colores. La fantasía urbana y moderna ha ganado muchísima fuerza, compitiendo de tú a tú con la fantasía épica.

Uno de los cambios más importantes, a mi juicio, ha sido el aparente abandono de las polaridades y la inclusión de los tonos grises. Ya no existen los caballeros blancos ni los nigromantes oscuros. Ahora los caballeros son sucios, pendencieros y malhablados, y los nigromantes tienen una trágica historia de abusos a sus espaldas que los hacen ser como son. Ya no existen los absolutos o, al menos, no son tan evidentes como antes. Nuestra óptica ha cambiado y valoramos más las complejidades de la personalidad de los personajes y de la psique humana. Y es que, aunque no lo parezca, la fantasía es uno de los géneros más exigentes en cuanto a la verosimilitud de los personajes y sus motivaciones.

El grimdark es el máximo exponente de esta tendencia, un tipo de literatura que tiende a lo oscuro, al uso del humor cínico y a lo violento. Se podría definir como una vuelta de tuerca a la corriente de “realismo” imperante en cuanto a la caracterización de los personajes de la que acabo de hablar, pero llevándola más allá hasta adoptar un aire de fatalidad y pesimismo. El hombre aquí vuelve a ser un lobo para su propia especie y pocos gestos nobles, bondadosos o altruistas vamos a poder encontrar. La ambientación, por tanto, suele ser oscura, miserable y sucia. A veces los autores abusan tanto de ella, que lo único que quieres es que un meteorito deje el mundo hecho un solar, porque no parece haber ni un solo personaje que no sea un auténtico cabronazo.

Cersei Lannister con una sonrisa presuntuosa.
Me ha parecido que alguien se acordaba de mí… y de mis muertos.

¿Es oro todo lo que reluce?

Una vez puestos en antecedentes, la pregunta es inevitable: ¿qué me puede llevar a mí, como autor, a utilizar recursos y elementos de las obras de fantasía más tradicionales cuando tengo a mi disposición los de la fantasía moderna? Y es una pregunta que vale también para los lectores, aunque claro, los gustos de cada uno son algo muy personal y subjetivo. Pues bien, si miramos con algo más de atención veremos que las diferencias entre lo actual y lo antiguo no son tan notables como pueda parecer en un primer momento.

Para empezar, hablemos del Tolkiencidio (no me odiéis por estos chistecitos al nivel de Arturo Valls). Tras más de cincuenta años de hegemonía sobre el panorama de la literatura fantástica, Tolkien debía ser superado, pero eso no significa que deba ser rechazado. Aunque había mucho maniqueísmo en El Señor de los Anillos, no es menos cierto que también había una gran complejidad. Veo a muchos autores nuevos que tienen alergia a cualquier cosa que huela a Tolkien, pero también veo a muchos otros que siguen publicando obras que son un calco de la Tierra Media. Ya sabéis: el señor Oscuro Melkätor porta la terrible espada Eonäth a la lucha contra el rey de los elfos, Eldelbar (me ahorraré el chiste) montado en la última cebra cornamentada, Glaindraur. ¿Te suena? Apuesto a que sí, y es por eso por lo que hay que superar a Tolkien. Pero, como decía, superar no es rechazar. Lo ideal, como casi siempre, es alcanzar un punto medio. Tomar lo bueno, lo que sigue funcionando, lo que nos resuena y nos gusta, y desechar aquello que ya no funciona como antes.

El viaje del héroe, ¿está superado o sigue estando vigente? En realidad, esta es una pregunta sin pies de cabeza, ya que el viaje del héroe no es una moda ni una mera estructura literaria. Es algo inherente a la condición humana, un mito universal que habla de nosotros, de la superación, del paso de la infancia a la madurez, del desarrollo personal y espiritual y, por lo tanto, no puede ser descartado ni rechazado. Sanderson al final admitía que el viaje del héroe sigue presente en sus obras, solo que era capaz de presentarlo de formas que le pareciesen novedosas al lector. Es decir, quizá tu protagonista no sea pelirrojo, quizá no sea huérfano, quizá no sea El Elegido y posiblemente tampoco deba partir de su granja en las montañas a un viaje alucinante acompañado de 12 enanos, pero lo que es seguro es que de alguna forma seguirá algunas, o muchas, de las pautas del arquetipo del héroe.

Cortar, añadir y mezclar

Ya habrás imaginado que soy un defensor de la idea de tomar lo mejor de ambos mundos, de hacer fantasía moderna, pero no como una reacción a lo tradicional, sino como una evolución de esta. Cuando las ideas se agotan y lo de siempre se vuelve monótono y repetitivo, hay que buscar nuevas metas y maneras de hacer las cosas, cierto, pero aprovechando el bagaje acumulado y la experiencia ganada.

La fantasía, especialmente la fantasía épica, llegó a un punto cercano al agotamiento tras la década de los 90. En mi caso, durante aquellos primeros años del milenio apenas leí nada del género, con honrosas excepciones como Canción de Hielo y Fuego y La saga de Geralt de Rivia. Con los años esas visiones novedosas de la fantasía han ido creciendo y normalizándose, alejándose de maniqueísmos y convenciones, aunque, como hemos visto, pocas veces han supuesto una verdadera ruptura con lo anterior.

Como lector esta es una época fascinante para la fantasía. No solo tenemos una variedad increíble de temas, géneros y, atención, desde hace unos pocos años ha empezado a surgir una ola literaria que nos trae a magníficas autoras y obras de grupos culturales distintos al occidental, sino que también la fantasía, junto a la ci-fi están de moda en el panorama audiovisual. Juego de Tronos, la serie, ha abierto el camino hacia el género a un gran número de neófitos y su concepto de la misma ya no es tanto la lucha del Bien contra el Mal, sino las intrigas, los asesinatos, el sexo y qué personaje es más cabrón y rastrero. Al fin y al cabo, dicen que la literatura no es más que el reflejo del tiempo en el que vivimos.

The Boys o cómo volar siendo un delfín

Hace apenas unos meses conocí a Pilar, la anfitriona de este blog en el que escribo, y no tardé mucho en darme cuenta de que es una de esas personas que, como dicen muchos de esos eslóganes de libros, enlatados y más bien luctuosos: “no te deja indiferente”. Prueba de ello es que me ha liado para escribir en su blog. A mí, que fui el molde para la carta de El Ermitaño del tarot y me cuesta horrores salir de mi zona de confort. Pero, claro, la Eremita abandonó su cueva y me tocó con su dedo virtual, cual Atenea disfrazada de señora de mediana edad desquiciada, otorgándome poderes absolutos en su Redondal. Tienes una misión, me dijo con una voz de lo más grandilocuente, escribe una reseña sobre una serie que a ambos nos haya gustado, mientras yo paso la tarde viendo series en mi adosado (¡ja! ¡ya quisiera ella!).

Pues bien, la serie escogida por ambos no es otra que The Boys. Primero, porque nos apetece y segundo, porque, avispados lectores, la segunda temporada está al caer y eso hará que los arcanos algoritmos guguelbloguerianos le den un meneo a esta entrada y la catapulten hacia el firmamento de los ceros y los unos.

¿Pero, qué demonios es The Boys? Pues, así, a la chita callando, su primera temporada se convirtió para mí, y para gente mucho más entendida que yo en el noble arte de visionar productos audiovisuales desde el sofá, en una de las mejores series del año pasado. Es una mirada cruda, socarrona, sucia, cínica, violenta y, a menudo, histriónica, al socorrido y manoseado mundo de los superhéroes. O, lo que es lo mismo, un superman meets Abercrombie. Porque, sí, el subgénero de los supers no deja de ser fantasía urbana. Ah, y es una adaptación de un comic que no he leído pero que al parecer es más bestia todavía.

La serie narra las desventuras de Hughie cuando su novia acaba convertida en carne picada, literalmente, por culpa del “error” de uno de los Siete; siete de los más poderosos superhéroes del mundo que trabajan para una empresa que gana millones vendiendo su imagen y servicios. Hughie se caerá entonces del guindo y gracias a la nada sutil ayuda de Billy Butcher, alias Carnicero, comprenderá que los conceptos asociados a estos: justicia, bondad y defensa de los inocentes, no son más que puro marketing. Todo para seguir facturando y esconder los desmanes de unos humanos que, por mucho super que tengan en su prefijo, no dejan de ser más que eso: personas con muchos más defectos que virtudes.

Y es que una de las cosas que más me gustó de la serie es que, seamos sinceros, ¿alguien duda de que si de verdad cierta gente pudiera volar y lanzar rayos por los ojos no se convertirían en algo parecido a una franquicia de cabronazos en mallas?

Todo el elenco es magnífico, pero es de recibo hacer una mención especial para dos actores que se comen la pantalla. Antony Starr (Patriota) está estelar. Sin un físico portentoso ni recursos fáciles, consigue transmitir de forma perfecta la sensación de estar ante un perturbado y tirano superhombre que se cree por encima del bien y del mal. Y qué decir de Karl Urban, uno de mis actores fetiche. Si no está en su mejor papel, poco le falta. Butcher es carismático a rabiar, a pesar de ser un cabrón manipulador que no se detiene ante nada para lograr su objetivo de hundir a los Siete.

Si lo que te he contado hasta ahora no te llama la atención y prefieres a Christopher Reeves marcando rizo en la frente, pues es totalmente entendible. Los grises no siempre gustan, porque la realidad es de un color tan gris que asusta. Pero cuando te la presentan con tanto sentido del humor y mala baba no queda más que aplaudir y marcar en el calendario la fecha del estreno de la segunda temporada.

Y sin más, le devuelvo la conexión a La Eremita y me vuelvo a mi refugio. Creo que hay una cerveza esperándome por alguna parte…