Un relato conjunto de los autores Desde El Redondal

El laird McMardigan bajó a grandes zancadas las escaleras de la torre, su kilt revoloteando entre sus fornidas piernas. Qué digo fornidas. Aquello no eran piernas, eran columnas con capiteles corintios. Tres hermosas columnas… un momento ¿he dicho tres? – la narradora volvió a mirar de arriba a abajo al escocés. Limpió sus gafas por si acaso… pero eran tres… ¿A que no va a ser una pierna? Ya dicen las novelas de highlanders que… bueno eso dicen las novelas, que la narradora es pudorosa. Piernas. Y si es un trípode será una licencia literaria – Tres hermosas columnas adornadas por grueso tejido.

Sujetando su leonina melena en una coleta con una cinta de cuero, encaminó sus pasos a las dependencias de los criados.

-¡Aileann! – rugió con poderosa voz llamando al mozo – ¡Tráeme el correo de inmediato!

El aterrado muchacho entregó al Laird unos sobres y un paquete. Mcmardigan sonrió satisfecho, tiró los sobres al suelo con desdén y rompió impaciente el envoltorio del paquete. Tomó el libro que contenía entre sus manos y miró maravillado la portada. Un licántropo ataviado solo con un tartán abrazaba a una bella dama que, mangas de su vestido caídas en sus brazos dejaba entrever el nacimiento de sus senos y le miraba arrebolada, sus labios a punto de fundirse en un apasionado beso.

El highlander se sentó en la gran butaca de madera frente a la chimenea de la sala. Fué a abrir el libro y de repente volvió a mirar la portada. ¡Cómo! ¿Un licántropo con kilt? La furia comenzó a apoderarse de su poderoso cuerpo, tensando todos sus músculos hasta más allá de lo intensable. Un aficionado a los comics pensaría que estaba viendo una escena de Hulk… ¿Qué clase de intrusión era aquella? De todos era sabido que sólo los highlanders eran los dioses románticos del sexo, los únicos capaces de satisfacer a una mujer. Aquello era antinatural.

De pronto, reconoció a la criatura. No podía permitir aquello.

Se dirigió a las cuadras como alma que lleva el diablo, montó a su enorme semental negro, Blackstorm y cabalgó sin parar durante días, sin bajarse ni para cruzar el Canal de la Mancha a nado, que para eso era un Highlander de pelo en pecho… – un momento… ¿de pelo en pecho? A ver si se nos centra la narradora, que anda descolocada desde lo del trípode, y se da cuenta, que los escoceses de novela no salen de casa sin una buena depilación láser, hombreyá – El caso es que llegó a la Selva Negra sin escalas ni repostajes. Porque podía, que así lo contaban las novelas.

Divisó al licántropo en forma humana sentado en un claro del bosque con un libro entre las manos.

– ¡Cómo te atreves! – gritó furioso apeándose del caballo y poniendo ante sus ojos la portada del suyo. Se la arrojó con rabia a la cara, descabalgó y sacó su claymore amenazante – ¡Voy a matarte! ¡Los royalties de protagonista son míos! ¡El dios del sexo soy yo! ¡usurpador!

En interpelado le miró desolado, y alzó desolado su libro. En la portada, un hombre rubio muy pálido besaba con fruición el cuello de la misma dama.