Una poeta experimental habla sobre la palabra que sale a la calle
Conocí a Vera Mansilla en una mañana de octubre frente a un mercado de barrio donde un grupo de vecinas leía, micrófono en mano, un poema colectivo sobre las mareas. Llevaba un cuaderno lleno de calcomanías tipográficas y una sonrisa que parecía llevar años viajando entre ferias, escuelas y plazas. Su nombre ha circulado poco en las grandes editoriales, pero su obra ha poblado muros, paradas de autobús, envoltorios de pan y carpetas escolares de varias ciudades del sur europeo.
Decidí encontrarla porque me intrigaba una pregunta que arrastraba tras leer varios de sus proyectos: qué ocurre cuando un poema deja de pertenecer al libro y se instala en el espacio que habitamos a diario. La respuesta, según fui descubriendo a lo largo de nuestra conversación, no es solo estética. Tiene que ver con la política de la atención, con el cuerpo de quien escribe y de quien pasa, y con una idea de la literatura que no entiende lo público como escaparate sino como conversación.
Lo que sigue es un extracto ampliado de aquella charla, en el que Mansilla reflexiona sobre sus métodos, sus obsesiones y los riesgos de sacar la palabra escrita del papel para depositarla en lugares donde nadie la espera. A medio camino entre el manifiesto y la confidencia, sus respuestas trazan un mapa útil para entender una de las corrientes menos atendidas de la poesía actual.
Del papel al asfalto
Vera reconoce que su relación con la página nunca fue cómoda. "El libro me parecía hermoso y lejano al mismo tiempo", dice mientras hojea uno de sus primeros cuadernos artesanales. "Yo quería que los poemas se sentaran con quien los leyera, que compartieran la mesa, el banco del parque, la sala de espera del médico. Eso no siempre ocurre con un volumen en rústica guardado en una estantería".
Esa incomodidad inicial la llevó a experimentar con formatos que hoy firma con naturalidad: tarjetas depositadas en buzones, frases impresas sobre telas colgadas en tendederos vecinales, pancartas efímeras en pasos de cebra. Para ella, cada superficie es una página en potencia. La calzada, la persiana metálica de un comercio cerrado o el cristal empañado de una ventana de tranvía pueden convertirse en un texto que dialoga con quien transita, sin pedir permiso y sin pedir consumo a cambio.
Esa mudanza del soporte no significa, en su opinión, un rechazo del libro. Considera más bien que lo impreso y lo callejero se necesitan mutuamente. "El libro conserva, permite volver. El espacio público sorprende, obliga a decidir rápido si te interesa o no. Los dos lenguajes se complementan", resume. Para quienes quieran profundizar en cómo el silencio trabaja dentro de esa mudanza, existe un recorrido muy cuidado en los usos del silencio, una lectura que dialoga directamente con sus preocupaciones.
Formas de intervenir lo cotidiano
Cuando le pregunto por las modalidades concretas que ha explorado, Vera distingue con precisión entre intervenciones que cambian el objeto y otras que cambian al sujeto. Las primeras lo hacen sobre superficies: serigrafía en toldos, pintura sobre muros medianeros, tipografía móvil dibujada con cinta de carrocero. Las segundas, más difíciles de catalogar, operan sobre los cuerpos: susurros guiados, derivas sonoras, coreografías mínimas que invitan a caminar de otro modo por una calle conocida.
En su archivo personal hay un mapa con cientos de puntos marcados en rotulador rojo. Cada uno corresponde a una acción poética realizada en los últimos ocho años. Algunas se han replicado en otros países gracias a la complicidad de colectivos artísticos; otras permanecen como gestos únicos, documentados apenas por una fotografía o un audio tomado con el móvil. "Me interesa más lo que no se puede repetir que la pieza cerrada", explica.
Mansilla rehúye las genealogías cómodas y prefiere pensar cada proyecto como un problema singular: qué dice ese muro, qué oculta esa acera, qué imagina esa esquina cuando nadie la mira. La respuesta, asegura, casi nunca es un texto largo. Suele ser una línea, una palabra, una pregunta que se deposita en el sitio justo.
| Formato | Soporte habitual | Permanencia | Tipo de lectura | Riesgo principal |
|---|---|---|---|---|
| mural poético | pared medianera | meses o años | fragmentaria, repetida | borrado por terceros |
| intervención sonora | altavoces, radio local | horas o días | inmersiva, fugaz | ruido ambiental |
| serigrafía sobre toldos | textiles colgados | semanas | pausada, cercana | condiciones meteorológicas |
| fanzine callejero | papel grapado | minutos | concentrada, veloz | desecho rápido |
| frase en calzada | pintura efímera | días | accidental, arrepentida | sanciones administrativas |
| libro-objeto compartido | soportes mixtos | variable | ritual, lenta | fragilidad material |
Cada uno de estos formatos obliga a tomar decisiones que rara vez aparecen en la poesía escrita. Qué tipo de letra, qué tamaño, cuántos metros de visibilidad, cuántos segundos de atención. Son decisiones técnicas que, en su opinión, también son decisiones políticas que hablan del tipo de ciudad que queremos habitar.
La voz como materia
Aunque su obra se asocia a menudo con lo visual, Vera concede un papel central a la voz en sus proyectos callejeros. Ha coordinado lecturas amplificadas en mercados, ha grabado poemas para altavoces de baños públicos y ha compuesto piezas sonoras que se difunden por emisoras vecinales. Para ella, la voz añade una dimensión irreemplazable: la presencia efímera de un cuerpo que pronuncia y que deja huella aunque nadie lo identifique.
Esa atención por la oralidad la conecta con una reflexión más amplia sobre cómo se construye el sentido en el espacio público. Frente a la pantalla, que recluye al lector en una burbuja privada, la voz derrama el poema sobre quien pasa, quiera o no quiera escucharlo. "Es un acto casi involuntario de generosidad o de molestia", comenta con ironía. "Ambas cosas me parecen honestas cuando ocurren sin pedir permiso".
Su próximo proyecto, todavía en fase de ensayo, consiste en una serie de poemas pensados para leerse exclusivamente en un teléfono móvil compartido, en paradas de autobús, durante los minutos de espera. La idea es que dos desconocidos lean el mismo texto sin necesidad de explicarse. Lo que ocurra después, dice entre risas, le preocupa menos que el propio instante de lectura compartida, ese minuto pequeño en el que algo se cruza entre dos vidas que no se conocen.
El silencio y la escucha en la calle
Resulta inevitable preguntarle por el reverso de tanta palabra arrojada al aire. Mansilla responde sin dudar: el silencio también es materia de trabajo. En varias de sus intervenciones ha incluido pausas programadas, espacios en blanco en los murales, frases tachadas que dejan adivinar un texto debajo. "El silencio en la calle es un bien escaso", asegura. "Si lo nombras, la gente lo busca por sí sola".
Esa búsqueda deliberada del vacío contrasta con la saturación publicitaria que domina las ciudades. Para la poeta, intervenir un muro ya ocupado por un anuncio o un grafiti no es un gesto ingenuo; es una manera de redistribuir la atención. Por eso algunas de sus piezas nacen directamente como respuesta a un eslogan ajeno, como una conversación silenciada que alguien rescata en mitad del ruido.
El trabajo con el silencio implica también pensar en quien escucha y no solo en quien habla. En sus proyectos escolares, por ejemplo, suele proponer a los alumnos piezas casi mudas: una palabra escrita en el suelo con tiza que se borra con el tiempo, una grabación ambiental de un patio vacío, un gesto que dura apenas diez segundos. La consigna es siempre la misma: aprender a detenerse antes de hablar. Quien quiera profundizar en búsquedas parecidas puede asomarse a la comunidad que se reúne en Desde el Redondal.
Poética de lo colectivo
Aunque muchos de sus trabajos llevan su firma, Vera insiste en que casi ninguno es realmente individual. Ha trabajado con grupos de vecinos, con asociaciones de mujeres, con clubes de lectura y con equipos de fútbol amateur. La autoría, en sus proyectos, funciona más como un paraguas que como un certificado de propiedad. "Si el poema necesita un pueblo entero para sostenerse, no veo por qué tiene que aparecer solo mi nombre", afirma.
Esa lógica colectiva tiene consecuencias estéticas evidentes. Los textos que produce suelen ser más breves, más fragmentarios y más permeables a las voces que los habitan. A veces los poemas nacen de encuestas rápidas realizadas en plazas; otras, de cadenas de mensajes donde un vecino corrige una palabra de otro y el texto va mutando hasta volverse irrepetible.
Este enfoque dialoga con plataformas de edición independiente que comparten principios similares. En ese universo, la plataforma editorial Owl Bureau funciona como un punto de referencia para quienes buscan formatos no convencionales de publicación comunitaria. Mansilla la cita como un ejemplo de cómo los modos de producción pueden acompañar las poéticas y no solo recogerlas una vez terminadas.
Rutas para asomarse a su mundo
Para quien sienta curiosidad por esta manera de entender la poesía y la ciudad, dejo a continuación un conjunto de pistas de entrada. No son las únicas, pero forman un recorrido coherente con lo conversado y sirven para seguir explorando por cuenta propia sin perderse demasiado.
- Leer "Cuaderno de mareas", de Marta Iturria, un poemario que convierte el litoral en página abierta y dialoga con la tradición oral gallega.
- Visitar una exposición del colectivo Periféricos Iberia para ver muros intervenidos en directo y conversar con sus autores.
- Asistir a una sesión de lectura abierta en mercados o plazas, habituales en muchas bibliotecas populares durante los meses de primavera.
- Explorar los archivos sonoros de la Fonoteca Nacional, donde se conservan lecturas públicas históricas que dialogan con esta tradición.
- Probar, en pequeños grupos vecinales, a escribir una frase y dejarla pegada con cinta en una columna del portal durante una semana.
- Releer en clave urbana algún clásico breve como los caligramas de Guillaume Apollinaire o los experimentos visuales del movimiento Concrete Poetry.
La invitación queda abierta para los lectores de este blog que quieran contar su propia experiencia con la palabra fuera del libro. Si tienes un mural, una grabación, un fanzine o simplemente el recuerdo de algo leído en voz alta en una parada de autobús, escríbenos a la redacción para que podamos seguir tejiendo, entre todos, un mapa común de esos poemas que viven en la calle y que rara vez aparecen en las novedades de las librerías.








